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martes, 20 de febrero de 2018

Ochenta y seis años.

Cumplió 86 años. No ha tenido una vida fácil. Comenzó a trabajar con 12 años segando algarrobas. Iba de un pueblo a otro para trabajar en el campo. Algunos días acudía al colegio por las noches cuando el cansancio no le vencía. Aprendió a escribir y a leer. Con el tiempo, sus padres compraron un rebaño de cabras. Si lo llamaban para ganar el jornal trabajaba sin descanso por dos perras chicas y el almuerzo, éste consistía en un plato de patatas con un trozo de pan. Otras veces un trozo de pan y tocino. La gente humilde hacían una comida al día y con ello se mantenían.

Tuvo la mala suerte que un día jugando con Paulina, una niña inclusera que cuidaban sus padres, y que por cuidarla les pagaban unos duros, se fueron a jugar y machacaron una bomba. La niña quedó ciega y a José se le deformó el dedo pulgar de la mano derecha.
Paulina murió con el tiempo.
José fue creciendo y se hizo un gran cazador. Cazaba para alimentarse y para vender o cambiar los conejos por otros alimentos que carecían de ellos o no podían comprar. Hacían trueque con los quesos que su madre hacía del rebaño de cabras.
Sembraban sus huertos de  patatas y de garbanzos que  no les faltaron. José como hombre que era, se enamoró de Chiqui, nombre de pila Angeles. Su noviazgo no fue muy largo ya que José dejó embrazada a Angeles. Se casaron deprisa y corriendo antes de que naciera la criatura, ya que en esos tiempos una mujer embrazada sin estar casada era algo vergonzoso y que la iglesia no veía con buenos ojos.

Tuvieron dos hijos. Fueron felices a su manera, ya que José no tenía un trabajo fijo. Aunque  cada día iba caminando o en burro a cuidar del rebaño de cabras de sus padres,  por  este trabajo  no recibe salario alguno.
Con el puchero que hacían en la casa de los padres de José, comían la familia y los niños. Carne no les faltaba porque hacían matanza de un cerdo y con ello tenían para las dos casas.   Dinero llegaba cuando su madre vendía los conejos que cazaba  y José se lo pedía para que su mujer vistiera  y clazara a los niños, y a ella misma.  También para que comprara las medicinas que hacía falta.
José pasabas días y noches enteras en el campo cuando era época de recoger los cereales y hacer la trilla para obtener el trigo, algarrobas, garbanzos y otros cereales.

Un día su mujer que desde el primer parto anduvo muy delicada, dejó de respirar y ella y sus dos hijos estaban solas con el practicante del pueblo. Ella murió a los pocos segundos de haber sido pinchada por el practicante. El medicamento no la fue bien para su enfermedad. Un vecino fue al campo a avisar a José del fallecimiento de su esposa.
El mazazo más grande que le dio la vida fue quedarse viudo tan joven y con dos criaturas que apenas tenían el niño cinco años y cuatro años la niña .

El segundo mazazo fue el que su madre no quiso hacerse cargo de las criaturas, que Chiqui, como buena esposa y madre cuidó y quiso a sus hijos hasta el día fatídico de su muerte. Tampoco la madre de José dejó que otros familiares cuidaran de ellos.

Los niños crecieron en un orfanato. Eran visitados con frecuencia por la familia de José, y por la familia de Chiqui.
En el año 1968 la madre de Chiqui murió apenada por sus nietos y porque estaba enferma a raíz de la desaparición involuntaria de su esposo. Su esposo desapareció junto con otros veintiún vecino  del pueblo en la Guerra Civil Española. La vida se ensaña con algunas familias hasta el punto de asfixiarlas y dejarlas sin aire.

La vida transcurrió y los niños fueron creciendo. Los padres de José se hicieron mayores y fallecieron. José, un hombre que luchó por  no vivir  una vida en soledad. La vida que su madre le tenía preparada para ser el  hijo que les sirvió, y manipuló hasta los últimos días de su existencia.
José se hizo mayor y ahora es su hija quien se encarga de que siga viviendo. De que no le falten alimentos, de que esté aseado y tenga una vejez lo más cómoda y feliz que pueda dentro de sus posibilidades.
El día 11 de febrero de este año, celebraron sus ochenta y seis cumpleaños.







lunes, 12 de febrero de 2018

Carnavales 2018 en El Real de San Vicente











































































Noche de carnavales muy fría pero a la vez el calor de todas las personas sube la temperatura.
Genial, han estado geniales tanto en el Ofertorio como en el Pasacalles. A esperar los del próximo año y que siga la diversión.